Las colas del hambre

Las colas del hambre

Después de la crisis sanitaria del 2020, España entró en una recesión económica que llega hasta nuestros días.

Todas las mañanas se levanta cabizbajo, se frota la cara pero no por sueño, sino por desesperación. Mientras se calza los zapatos desgastados como su propia vida, recuerda con nostalgia los años en los que se vestía para ir a su trabajo, que le reportaba un nivel social aceptable y le hacía sentir útil y valioso.

Sus hijos aún duermen y su esposa a su lado también, o eso cree. Hace mucho que apenas hablan de nada, está todo dicho. Los programas de ayuda que había solicitado no terminan de llegar y en su mesilla solo se acumulan solicitudes de trabajo enviadas , sabiendo perfectamente que nadie las va a leer. Ahora todas se mandan on line y él no dispone de esos medios ni tampoco de esos conocimientos. Además hay facturas que parece que cada día se hacen más grandes ante su mirada, desesperada por no poder pagarlas. No sabe cuánto tiempo podrá seguir bajo ese techo que antes conformaba su hogar. Ahora casi desmantelado por la tristeza, y la escasez, está medio vacío después de vender la mayoría de sus recuerdos para que sus hijos puedan seguir sobreviviendo.

Coge el carro de la compra, uno que hace tan solo unos días encontró al lado de un contenedor abandonado, con la esperanza perdida de que en su interior hubiese algo de valor y se dirige a la calle con él acompañándole durante un recorrido amargo, mientras que sin remediarlo, siente vergüenza.

Las aceras se le hacen eternas, aunque el camino sea corto. Parece como si todo el mundo le mirase y él intenta justificarse diciéndose para sus adentros, que haría cualquier cosa por su familia. Los ruidos de la actividad diaria le molestan, él no está dentro de esa vorágine laboral que se mueve a su alrededor, no está dentro de esa gente que aún quejándose, puede entrar al supermercado todos los días, no está dentro de nada. Y llega a su destino otro día más, rodeado de gente que como él, desprenden amargura y desolación. La cola serpentea por una esquina, no sabe cuánto tendrá que esperar, pero no tiene nada mejor que hacer, tan solo esperar a que le llenen el carro de alimentos para poder seguir viviendo, no sabe hasta cuándo. Trata de esconderse ante la mirada de los demás que no sabe si es de compasión o de indiferencia, sobre todo no quiere que nadie le reconozca, no ya solo por él, sino por sus hijos. No podría soportar que ellos se enterasen de la triste realidad que le acompaña desde hace algún tiempo y mientras, intenta confiar en que quizás mañana sea un día mejor, que le llamen de algún sitio para hacer cualquier cosa y sentirse otra vez persona. Pero sabe que es complicado, él era un triste empleado en una obra, sin apenas estudios y preparación, necesita ayuda, y lo peor, es que no tiene a quién pedírsela.

La cola le asfixia, se siente perdido, descolocado, siente que él no debería estar allí, siempre ha trabajado, luciendo sus manos encallecidas con orgullo y ahora se da cuenta de que está, como muchos, en las colas del hambre.